"Riding backy with Las Marias"

By Ione Bingley
Traducción por Alexis Ortega

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Granduleando en una esquina de la Ciudad de México a las siete y media de la mañana, mis ojos pesados recorren el horizonte empañado por la niebla tóxica y reluciente. Intento discernir formas con dos ruedas entre el enredo de tráfico, mientras espero ansiosamente que vengan por mí. Una por una, siluetas femeninas aparecen, deslizándose como espectros de la niebla. Deteniéndose frente a mí, el torpe y agudo ritmo de sus ardientes motores me llena de emoción infantil.

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Sintiéndome torpe junto a su orgullosa elegancia, busco algo que decir para poderme afirmar en esta nueva y extraña jerarquía femenina. Acercándome a Savage y su máquina desconstruida, me asomo a ver el motor expuesto, sintiendo el calor sobre mi cara con el pulso de sus entrañas.

Recorriendo la mirada sobre el metal rosado, logro tartamudear, "El cuerpo tiene un color muy interesante..." Sin dudar un segundo, responde, "¡Si, así me gusta!". Salvaje por una razón. Lo entiendo; es una pesada.


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La presidente y visionaria jefa del grupo, Blackbird, me toma bajo su ala y me dirige hacia una motocicleta color rojo brillante, montada por una delgada y fina joven de cabello color castaño. Una vez introducida a la afable y habladora "Gummy Bear", ansiosamente salto a montarme en la parte trasera de la moto y arrancamos, tarde, serpenteando entre el desorden congestionado de los coches, camiones, carros de comida, lavadores de parabrisas y payasos de la calle.

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Ya habiendo hecho una conexión con Blackbird a través de un amor recíproco por el cuero, fui invitada a montar con esta genial pandilla de mujeres motociclistas mexicanas. Esto con la simple condición de que a cambio, tomara algunas fotografías. Así que aquí me encuentro, rugiendo en el concreto; dominando las ensimismadas y enredadas carreteras rumbo a las afueras de La Ciudad, para ver a los orgullosos y antiguos guerreros toltecas de Tula.

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Mientras viajamos por el cercano pueblo de Huehuetoca, los hombres al lado de la carretera se paralizan a media oración, con bocas abiertas, incapaces de emitir el mas sencillo aullido, callados por esta rara muestra de fuerza e individualismo femenino mientras la pandilla ejecuta su procesión, vuelta famosa por la agresiva masculinidad de los Ángeles del Infierno (poderosa y temida pandilla de motociclistas).

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Gummy retrae el visor de su casco y grita sobre su hombro: "Qué cagado como la gente nos ve... sus caras dicen "¿Qué chingados? ¡Cinco viejas en moto!""

Y tiene razón. No es sorprendente que estos espectadores se queden sin palabras, pues esta pandilla es única en México. Hasta es poco común ver una sola mujer motociclista aquí. Y ver cinco en conjunto feroz, no tiene precedente. Aún con esta escena pasajera, comienzo a entender cómo la sensación de liberación y poder, excita como una fruta prohibida.


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Nos arrimamos a un ocupado mercado de pueblo que atrae mas miradas mientras las mujeres cubiertas de cuero caminan con una confianza impenetrable a través del humeante desorden de carne asada y guisados burbujeantes. Sigo a Blackbird y a Savage, quienes hacen cola en un puesto de tacos, encabezado por una anciana vestida de colores, quien nos tira una sonrisa chimuela. Después de un momento, hago cuenta que el único relleno de los tacos que sirve esta señora, es de insectos.

Mirlo toma las riendas y nos ordena unos tacos de escamoles y gusano de maguey. Las jóvenes los devoran con gusto. Sigo su ejemplo y el sabor es sorprendentemente placentero. Después de acompañar a la Mrs. Powers y Gummy por un breve café, resumimos nuestro camino.

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Tejiendo nuestro rumbo entre el tapete de carros, Gummy se queja del tráfico mexicano. "Miren, este pendejo a huevo tiene que pasar primero".

Tiene un buen punto. Hay un exceso de coches en México y andar en moto es peligroso. Cada una de las chicas de la Las Marias ha sufrido una caída seria al menos una vez, incapacitándolas por varios meses. Sin embargo, ninguna se ha rendido. Al fin y al cabo, el peligro y la audacia es lo que les da el placer. Y si así se mide lo chingón, Las Marias deben ser el apogeo de la chingonería.

Llegando a Tula, y después de una buena platica sobre los periodos menstruales, subimos una pirámide desierta para estar entre los gigantes de cuatro metros, mirando con ellos los pueblos y fabricas satélites de La Ciudad. Una flama solitaria flama quema el aire sobre un terreno industrial, lamiendo las nubes. "Mordor", pronuncia Blackbird.


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Aún con las cachetadas del viento, sentada en la motocicleta, es casi imposible ignorar la niebla tóxica que cuelga sobre las carreteras. Parece que la factura que nos pasó la industrialización, se pagó con aire puro. Pero hace unos pocos años, esa industrialización fue lo que le cedió el poder a la mujer. Las máquinas hicieron que las mujeres fueran físicamente iguales a los hombres, y son las máquinas quienes las han liberado. El poder, al fin y al cabo, es la libertad. Mientras veo los imponentes héroes toltecas con sus duras miradas de piedra, es difícil no compararlas con la inmovible determinación de Las Marias. En una sociedad en la que el machismo permea y domina, estas mujeres prevalecen.

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Rápidamente perdiendo interés en las pirámides y sus petrificados amos, Savage va en búsqueda de pulque: una adecuadamente antigua bebida, hecha de agave fermentado, que ha sido usada desde las ceremonias propagadas por las culturas prehispánicas. Sorprendentemente, La Salvaje reaparece poco después con una descarapelada botella de Coca-Cola de dos litros, llena a medias con lo que parece (y sabe a) un licuado de plátano que acaba de superar su fecha de caducidad. Extrañamente, me agrada. Savage me explica que se vende por litro y me revela su ración escondida (algo para el regreso a La Ciudad).

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Hay algo mas fuerte y presente sobre el orgullo y regocijo que Las Marias toman de su cultura Mexicana, y la resistencia a las normas sociales que ellas representan. El traer un mensaje modernista de fortaleza y desafío femenino y su falta de conformidad con los ideales convencionales femeninos, solamente sirve para atraer la atención de la sociedad en conjunto. Me encuentro intentando conseguir una manera de comprar una motocicleta y formar parte de una de estas maravillosas pandillas. Rugiendo al entrar a la Ciudad de México, el escape vibrando, tronando el aire y creciendo dentro túneles de concreto. Pienso en el tatuaje de Blackbird, estampado por siempre en su antebrazo: una serpiente comiéndose su propia cola. Un ouroboros, un viejo símbolo del hermoso pero inevitable ciclo perpetuo del tiempo. Como las ruedas de sus motos, el tiempo continúa. Y con esto en consciencia, mas vale vivir. Y rápido.

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